Queridos amigos:
Espero que esta carta os encuentre a todos en buen estado de salud y llenos de la gracia de Dios. Hoy quiero dirigirme a vosotros con una llamada importante y amorosa en el corazón.
Como comunidad de fe, hemos compartido muchos momentos especiales juntos, y uno de los más sagrados es sin duda el Santo Sacrificio de la Misa. En este encuentro con Cristo, recibimos Su cuerpo y sangre, y es un acto de profunda adoración y comunión con nuestro Señor.
Sin embargo, en los últimos tiempos, he notado que algunos de nuestros fieles llegan tarde a la Misa. Comprendo que la vida a veces puede ser apresurada, con responsabilidades y compromisos que nos mantienen ocupados, pero quiero recordarles la importancia de llegar puntualmente a la Misa.
Nuestro Señor nos espera en el altar, y cuando llegamos tarde, perdemos la oportunidad de estar plenamente presentes en Su presencia desde el comienzo. Además, nuestras llegadas tardías pueden ser perturbadoras para quienes ya están en la iglesia, distraen la atención y rompen la atmósfera de recogimiento que debe prevalecer en este lugar santo.
Os animo a hacer un esfuerzo consciente para llegar a tiempo a la Misa. Esto significa planificar con antelación, ajustar nuestros horarios y priorizar este encuentro con Dios sobre otras actividades. Al llegar a tiempo, honramos a Dios y mostramos respeto hacia nuestra comunidad de fe.
Recordad las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo 18, 20: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Que esta cita nos inspire para estar presentes y puntuales en cada celebración de la Misa, para que todos podamos experimentar plenamente la gracia y la bendición de Su presencia.
Jesús María Silva Castignani, párroco
