El amor del Esposo

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

Me dirijo a vosotros con el deseo de compartir algunas reflexiones sobre el tiempo de Cuaresma que estamos viviendo, y que nos prepara para celebrar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor.

La Cuaresma es un tiempo de gracia, de conversión, de penitencia y de renovación espiritual. Es una oportunidad para profundizar en nuestra fe y en nuestro amor a Dios y al prójimo. Es una ocasión para examinar nuestra vida y nuestro corazón, para reconocer nuestros pecados y pedir perdón, para abrirnos a la misericordia divina y a la acción del Espíritu Santo.

La Cuaresma es también un tiempo de oración, de ayuno y de limosna. Estas tres prácticas nos ayudan a purificar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra voluntad, a desapegarnos de lo que nos aleja de Dios y de los hermanos, y a compartir nuestros bienes con los más necesitados. Son expresiones concretas de nuestra fe y de nuestra caridad.

Pero la Cuaresma no es solo un tiempo de renuncia y de sacrificio. Es sobre todo un tiempo de encuentro y de comunión con Cristo, que nos invita a seguirle y a participar de su vida. Es un tiempo de dejarnos seducir por el amor de Cristo en la Cruz, que se entrega por nosotros hasta el extremo, y que nos llama a una entrega semejante.

Para vivir este aspecto de la Cuaresma, os propongo que nos inspiremos en dos grandes maestros de la espiritualidad cristiana, que son también dos santos y doctores de la Iglesia: santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. Ellos nos enseñan el camino de la unión con Dios por medio de la oración, la contemplación y el amor.

Santa Teresa de Jesús nos habla de la oración como un trato de amistad con Dios, con quien se está muchas veces tratando a solas. Nos anima a buscar la intimidad con Cristo, a quien considera su esposo y su amigo. Nos dice que la oración es el medio para llegar a la perfección, que es el amor de Dios y del prójimo. Nos exhorta a tener confianza en la bondad de Dios, que nos ama más que nosotros mismos, y que nos da siempre más de lo que le pedimos. Nos invita a ser humildes, alegres y generosos en el servicio de la Iglesia.

San Juan de la Cruz nos habla de la contemplación como un acto de amor puro y simple a Dios, que nos transforma y nos hace semejantes a él. Nos anima a buscar la unión con Cristo, a quien considera su maestro y su guía. Nos dice que la contemplación es el medio para llegar a la felicidad, que es el gozo de estar con Dios y de verle cara a cara. Nos exhorta a tener paciencia, fortaleza y fidelidad en el seguimiento de Cristo, que nos lleva por el camino de la cruz, pero también de la resurrección. Nos invita a ser pobres, castos y obedientes en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, os animo a que leáis y meditéis las obras de estos dos santos, que son un tesoro de sabiduría y de belleza para nuestra fe. Os recomiendo especialmente el libro de las Moradas de santa Teresa, que describe las etapas del camino espiritual hacia la unión con Dios, y el Cántico espiritual de san Juan, que expresa el amor apasionado del alma a Cristo, su esposo.

Que la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra, nos acompañe y nos proteja en este tiempo de Cuaresma. Que ella, que guardaba todas las cosas en su corazón, nos ayude a acoger la palabra de Dios y a ponerla en práctica. Que ella, que estuvo al pie de la cruz de su Hijo, nos ayude a abrazar nuestra cruz y a ofrecerla con amor. Que ella, que fue la primera en contemplar el rostro resucitado de Cristo, nos ayude a esperar con alegría el día de la Pascua.

Os saludo con afecto y os bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Vuestro párroco,

Deja un comentario