Despedida del padre Mauro

2–3 minutos

Queridos amigos de la parroquia:

Los curas somos un poco como esas piezas de mudanza que nunca terminan de deshacer del todo las cajas. Nos ordenan, nos mandan a un sitio, nos hacemos a la gente, aprendemos dónde compran el pan… y, cuando menos lo esperamos, toca maleta otra vez. Es lo que tiene ser «enviados»: que uno nunca es del todo de aquí, aunque el corazón, con el tiempo, se empeñe en llevarle la contraria a la vocación.

Y esto viene a cuento porque el padre Mauro se nos va. Y aquí sí que quiero pararme, porque se lo ha ganado a pulso. Nos ha predicado sin soltar rollos imposibles (que ya es mérito), nos ha acompañado en las meditaciones con una hondura que no hacía ruido pero se notaba, y nos ha dado, sin darse cuenta, un testimonio de vida entregada que muchos habréis visto aunque no supierais explicarlo con palabras. Ha escuchado a quien necesitaba orientación espiritual con una paciencia que a algunos ya nos gustaría tener. Y sobre todo, sobre todo, en el confesonario: ahí es donde un sacerdote se juega de verdad los cuartos, y el padre Mauro ha sido, para no pocos de vosotros, ese rincón seguro donde uno puede empezar de nuevo sin sentirse juzgado. Así que, padre Mauro, si nos lees (y si no, que alguien te lo reenvíe): gracias. De corazón, y sin exagerar ni un poquito.

Se va a Montevideo, a hacerse cargo de la parroquia Santa María Reina de la Paz. Uruguay, nada menos. Le vamos a echar de menos, pero también le encomendamos con toda el alma para que allí siga dando la misma cosecha que ha dado aquí (y, ya puestos, que aprenda a tomar mate, que en este barrio no se estila mucho).

Y como la Iglesia no entiende de vacíos, en septiembre llega un nuevo sacerdote estudiante, al que cuidaremos como sabemos hacerlo en esta casa: con cariño, con paciencia y, si hace falta, con algún que otro cocido los domingos.

Y ya, para terminar con algo de chicha: un cura nunca es «solo nuestro». Es de la Iglesia entera, y por eso hoy está aquí y mañana en Montevideo. Pero ojo, que esto también funciona en el otro sentido: una parroquia que acoge bien no solo recibe de sus sacerdotes, también les da, les forma, les sostiene con su cariño y su oración. Eso se lo llevan puesto, vayan donde vayan.

Y aun así, con lo importantes que son los curas (que lo somos, no nos vamos a hacer los modestos), no olvidemos lo esencial: la parroquia la hacéis vosotros. Nosotros pasamos, unos años aquí, otros allá. Sois vosotros los que le dais continuidad a esto, generación tras generación.

Un abrazo enorme a todos, y otro más grande aún para ti, padre Mauro.

Jesús María Silva Castignani, párroco

Deja un comentario