Queridos hermanos:
Hay noticias que nos devuelven la alegría. El pasado 16 de octubre, el Papa León XIV nombró dos nuevos obispos auxiliares para Madrid: D. Fernando Murga Gómez y D. Andrés Martínez Esteban. La archidiócesis lo ha recibido con una frase sencilla: «damos gracias a Dios por este nuevo servicio a la Iglesia de Madrid». Nosotros la hacemos nuestra.
Don Fernando es sacerdote de Madrid. Era moderador de la Curia diocesana, párroco de Nuestra Señora de la Soledad y de San León Magno, y formador y administrador del Seminario Conciliar. Cuando le preguntaron, dijo: «Un día le dije al Señor que «mi vida es para ti»». Don Andrés nació en 1971 y fue ordenado sacerdote en 1997. Es doctor en Historia de la Iglesia y en Teología. Dirigió el Archivo Diocesano, enseñó en San Dámaso y desde 2016 atiende a los fieles católicos orientales de Madrid. De su nombramiento ha dicho: «Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige».
Son dos frases breves y dos maneras de decir lo mismo: el obispo no se pertenece. Serán ordenados el 12 de diciembre, a las 11:00 de la mañana, en la catedral de la Almudena. Hasta entonces, y después, les debemos lo primero que se le debe a un pastor: nuestra oración. San Pablo lo pedía así: «Ante todo, recomiendo que se hagan oraciones, súplicas e intercesiones por todos» (1 Tim 2, 1). Ofreceremos por ellos nuestras misas, nuestros rosarios y la adoración ante el Santísimo. Un obispo sostenido por la oración de su pueblo no camina solo.
No podemos hablar de pastores sin mirar al rebaño y a la tierra que pisa. España vive semanas decisivas. El 29 de noviembre estamos convocados a las urnas. Una Iglesia que reza no puede desentenderse de eso.
Os pido, antes que nada, que recéis y penséis. Que nadie decida su voto por el ruido, por la rabia o por la costumbre. Preguntad al Señor qué espera de vosotros como ciudadanos. Examinad las propuestas con serenidad, a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia: la dignidad de toda vida humana, la familia, el trabajo, la educación y la defensa de la propia nación y de las propias fronteras. Esa luz no pertenece a ningún partido. Ninguno la agota y todos deben rendirle cuentas. Desde aquí no se pide el voto para nadie. Se pide que nadie se quede en casa. Votar es una forma concreta de amar al prójimo, y callar y mirar hacia otro lado no lo es.
Tampoco olvidamos lo vivido en Ceuta el pasado verano. Los ceutíes sufrieron mucho, España fue invadida y se ha generado una situación de tensión internacional. Quien ama a su patria no puede quedarse indiferente ante eso. Y quien ama a Cristo no convertirá el dolor de nadie en arma arrojadiza.
Y aquí está la herida de fondo. Vemos casos de corrupción que indignan, y es justo que indignen. Vemos también manipulaciones constantes, medias verdades y titulares fabricados para enfrentarnos. Cuando nos dividen, los poderosos ganan y los pequeños pierden. Frente a eso, la Iglesia propone lo que ya hacían los primeros cristianos: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Ser un pueblo unido no es pensar todos igual, sino negarse a odiar. Es exigir limpieza a quien gobierna y empezar por exigírnosla a nosotros. Es contrastar antes de compartir y callar antes de calumniar. San Agustín lo dijo con una frase que sigue siendo cierta: «Dicen que los tiempos son malos. Vivamos bien y serán buenos los tiempos: nosotros somos los tiempos».
Termino con una petición. El Señor nos enseñó «que es preciso orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18, 1). Os invito a hacerlo cada día, y sobre todo en el Rosario de las 19:00 h. Recemos por nuestra tierra, «buscando el bien de la ciudad» (Jer 29, 7), y por nuestros gobernantes, sean quienes sean. Recemos por la paz en tantos lugares del mundo donde hoy se sufre la guerra. Recemos por la conversión de todos los pueblos, empezando por la nuestra. Y no desfallezcamos: estamos en sus manos.
Con todo mi afecto y mi bendición,
D. Jesús María Silva
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